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Mi amigo Pare Manel

¿Te importa que te coja el brazo para bajar las escaleras del metro? .Serían las 10 de la mañana de una dia de fresca primavera en la estación de Chatelet en Paris y  junto con Jordi y Francesc, nos disponíamos a tomar el metropilatan  hasta Issy le Moulineaux y visitar el seminario de Saint Sulpice  para recordar el lugar en el que mis tres amigos habían pasado dos años de su vida estudiando filosofía  y seguir después su graduación en Barcelona.

Quiero recordar como brillaban los ojos del Pare Manel al visitar su vieja aula, el patio, la iglesia , nada escapaba a  su mirada siempre atenta sin perder detalle y esta capacidad para escuchar la breve conversación que mantuvimos con algún emérito del centro, siempre implicado con el mensaje, él personificaba la empatía y la generosidad.

Manel , nunca fue persona de slogans , de hecho jamás dio importancia a las constantes adulaciones que por su especial carisma y sus acciones merecía sobradamente, durante más de 50 años mantuvimos  una  maravillosa relación de amistad y de respeto mutuo no tuvimos ocasión de discutir mucho, aunque mi retórica a menudo excesiva pudiera cansarle, pero como era habitual en él, nunca pedía nada para sí mismo y cuando la gracia era para su gente sabía colocar la situación en un punto en el que el receptor podía perfectamente captar el mensaje y responder, esta actitud coherente era propia de su gran inteligencia emocional y un sentido vital que inspiraba a todos los que le hemos conocido.

Posiblemente fue un transgresor social, pero muy lejos de la imagen de sacerdote díscolo, anárquico y fuera del orden establecido , precisamente por su formación bastante cartesiana y su enorme respeto por los demás, siempre antepuso el bien común al propio interés y a pesar de una apariencia a veces poco cuidada, en realidad valoraba todas las cosas bellas, se preparaba mucho físicamente, corría largas distancias y maratones , incluso fue a New York , aunque por encima de todo, él decidió sumergirse en los problemas de la gente de barrio, optó por educar desde el corazón y siempre se ponía por delante , a menudo decía que no perdonaba “pecados” que la penitencia está en la experiencia de cada persona  y lo único que se debía hacer era acoger, escuchar y amar porque todos merecemos una segunda oportunidad, y esto es hacer lo correcto.

Quiero recordar aquella mañana del 12 de abril del 2016 y aquel momento especial mientras ayudaba a mi amigo y padre de todos, conocido como Pare Manel a bajar las escaleras del metro  parisino, porqué en realidad aquel simple instante, refleja todo el sentido de  aquella vida que ya no está, pues el mismo ha sido para todos un bastón fiel , constante y eterno, en el que hemos podido apoyarnos, redimir nuestra tristeza y  también aprender que no existe mayor grandeza que la sencillez de un hombre bueno.