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La igualdad está aquí

No podría ser de otra forma y donde no llega el sentido común -todos sabemos que es el menos común de los sentidos -pues al final tendremos la Ley sobre la igualdad de sexo.

Según nuestra  “esperada”, Constitución, no existe discrimación  por razón de sexo en España, algo así dice el art. 14 ,aunque, según las costumbres que constituyen el derecho real y lo que vivimos todos los días, los poderes públicos  no han promovido según el art.9 , las condiciones para que exista igualdad entre hombres y mujeres.

Hablamos mucho de talento, competencias, resultados y objetividad para elegir  quien lidera, trabajar  y contribuye a la producción de bienes y servicios , pero en el trabajo “no somos todos igual”, aunque no es tan difícil como antes, el acceso laboral ,siguen las diferencias en salarios y en promoción.

Antes, se presuponía equivocadamente, que la feminidad  estaba ligada a  otras funciones igualmente importantes pero menos ligadas al trabajo externo , yo, he vivido en la época en que sólo una minoría de mujeres trabajaba fuera del hogar , algunas por necesidad y otras por gusto , pero esta situación atípica se ha corregido en los últimos 25 años.

Por suerte , las aulas universitarias están ocupadas por más de un 65 % de mujeres , y en muchas profesiones liberales como las jurídicas, salud  y docencia , existe un crecimiento importante  para el colectivo femenino, pero siguen las limitaciones  efectivas en la contratación por cuenta ajena.

Me gustaría separar algunas claves, referidos a la causalidad  y que sólo quiero anunciar, como reflexión propia.

La educación tanto familiar como en  escuelas secundarias, en muchos casos  ha “empujado” a  las mujeres  hacia profesiones  peor pagadas.

El  incongruente reparto de responsabilidades en el seno de la pareja y la familia , que  por suerte se está corrigiendo en nuevas generaciones.

La discriminación salarial precisamente por  adjudicar objetivamente funciones laborales menos renumeradas y algunos abusos incontrolados.

La autolimitación de muchas mujeres en su progreso  laboral ,la autoculpabilización  por ausencia  en el domicilio y el posterior chantaje emocional.

Estas son sólo algunas realidades, que sin duda la aprobación de esta futura Ley Orgánica -que no llega al extremo de ley Noruega en que impone cuotas de un 40 % en altos cargos – pero que esperamos que algo arreglará.

Por fortuna, la velocidad del cambio, la tecnología, competitividad e internet , contribuirán a alentar este cambio en la sociedad , en el que tiene que ver mucho , las modas emocionales que nos invaden. Efectivamente , hoy se habla de talento , sin indicar de donde provenga,  se plantea más conciliación entre trabajo ,ocio y familia, se selecciona  por competencias y se retribuye por resultados.

Por tanto , creo que muchas mujeres ,especialmente las que pertenezcan al colectivo de trabajadores con valor añadido, deberán  aprender a gestionar miedos y tabús , aportar sensibilidad, comunicación ,lealtad  y  buena administración en las mesas de comités directivos,  tomar la voz en foros empresariales, sacrificar a menudo si les conviene horas de presencia familiar por calidad de relaciones  y  mucha tolerancia hacia el otro sexo, por no  saberos comprender durante siglos , pues además de mujeres  sois también personas.

El Lifting de las empresas

Es probable que la gente cambie sólo porque no se acaba de gustar, o a lo mejor lo hace simplemente para imitar los caprichos de la naturaleza que renuncia a duplicarse y, por eso, no existen atardeceres duplicados, ni flores gemelas y ni siquiera nuestros órganos pareados son simétricos.

Quizás sólo se cambia para que todo siga igual, y según parece, hasta se han inventado un programa televisivo gastando millones con gente dudosamente afortunada –se ignoran las secuelas- que no se siente a gusto con su cuerpo, veremos como responderá su alma con el paso del tiempo.

La moda del cambio es tan vieja como las primeras nociones del lenguaje humano, quizás hace 120.000 años alguien le dijo a otro o así mismo “no me gusto“ o “quiero hacerlo a mi manera“ y, a partir de ahí, empezó a cambiar las cosas de sitio, porque realmente sin el contraste comunicativo, sin receptor, no hay teatro, si no te ven, sino lo explicas ¿para qué cambiar?

Los romanos -hedonistas, vanidosos y soberbios como nosotros- inventaron nuestras modas actuales y cada emperador superaba a su antecesor, innovando lo que le dejaban mientras conquistaban el mundo.

Y hoy la economía pivota sobre la innovación, la tecnología y muy especialmente el marketing  siempre pernicioso, porque la incitación al deseo es la característica de estos tiempos.

En las empresas el cambio a menudo es su única garantía de subsistencia. La globalización ha transformado incluso la forma de trabajar y de un soplo ha condenado a cientos de millones de trabajadores a ser poco más que fuerza muscular y simple unidad de coste y moneda de cambio de anónimos rentistas, también llamados inversores.

Y en el otro bando tenemos a los trabajadores del conocimiento, esos que creen que el conocimiento les hace más libres y, por tanto, menos explotables, aunque la verdad es que como los niños aprendemos obedeciendo y la voluntad no es otra cosa que una forma de darse órdenes a uno mismo. Casi siempre tener más dinero sirve para comprar más cosas que no necesitamos, pero que alguien nos hace desear.

Creo en todo cambio que permite prosperar y mejorar para ser más felices, y como afirma el Prof. Marina “una sociedad es inteligente si resuelve el máximo de problemas que afectan a sus individuos”. Por ello, pongo en duda los pequeños arreglos, los maquillajes o liftings -en forma de solemnes discursos, palabras importadas o métodos de otros- que se proclaman como cambios y que sirven para vender un poco más de falsa esperanza a los que renuncian a pensar por si mismos.

Como conclusión, me gustaría apelar a la cultura del esfuerzo que constituye la única energía  hacia el cambio real, ya que incluso para motivarnos hay que esforzarse, hasta llegar a la transformación hacia las nuevas ideas por el camino del aprendizaje, por tanto: práctica, experiencia, reflexión y constancia, todo ello con una importante dosis de pasión y si fuera posible con un poco de ética.

La obligación de aprender

Afirmo que no puede nacer en mi boca  la palabra  fracaso  y menos imputable a  actuaciones ajenas, aunque me duele doblemente  como docente y como ejecutivo de empresa , el suspenso popular con  el correspondiente linchamiento a políticos, educadores y centros, basado en el informe PISA sobre los países de la OCDE.

En los últimos tiempos se ha oscurecido la imagen pública de la  educación , de cuyo análisis  puedo dar algunas y fáciles-por su evidencia-pinceladas ,aunque lo mejor de este informe ,ha sido su oportunidad. Quizás así pueda  reflexionarse sobre la utilidad de los sistemas educativos actuales y su trascendencia vital para generaciones venideras.

Hace 31 años ,al albor de la eminente democracia, un viejo militante sindicalista del metal, me dijo esta frase “el principio de autoridad empresarial se rompe ,cuando el encargado se toma una cerveza con su subordinado” ,desde entonces he pensado a menudo en  el sentido de sus palabras, teniendo en cuenta de donde venían.

No es ajeno para nadie que  se mueva  en recursos humanos , la trascendencia del liderazgo y la organización , pues cualquier empresa se mueve entre métodos y personas y lo cierto es que la organización de la escolaridad ,especialmente en los ciclos intermedios ,es la misma del siglo pasado. Se siguen curriculums rígidos, horarios, edades , métodos didácticos o incluso evaluaciones relacionados con la repetición  , eliminando cualquier motivación y una atención educativa  más  individualizada.

En los últimos 50 años , la evolución de la humanidad  y sus consecuencias tecnológicas y globales  ha cambiado mucho más que en los miles de años anteriores , pero los sistemas didácticos en general  para favorecer el aprendizaje siguen resistiéndose a la innovación  a la que se han apuntado algunos países, pero aquí hemos escatimado casi 7.000 millones (O,7 % PIB)para mantener un crecimiento económico de calidad.

Oigo en estos días mucha demagogia en torno a lo que se denomina cultura  frente a la  formación  dirigida exclusivamente al mundo laboral , unos  reivindican el humanismo y el disfrute del aprendizaje y otros proclaman  la congruencia con la competitividad del mundo económico lástima que nadie hable de integrar ,conciliar y adecuar porque probablemente ahí está el camino.

Estamos buscando la forma de converger con Bolonia  sin ocuparnos de comprender que  las empresas  prefieren actitud a  simple conocimiento. El problema no está en la duración de un ciclo académico sino en la forma en que se desarrolla. De hecho el modelo boloñés es aceptado por la mayoría de personas  que toman decisiones y los recelos nacen  entre  los  estudiantes que vienen sufriendo los déficits de planteamiento , estructuras y presupuesto actuales.

Deberíamos ser capaces de escuchar un poco más allá del contexto verbal  y que los ecos del PISA nos lleven a  ser más facilitadores que formadores, favoreciendo la concentración y la crítica  para que los estudiantes puedan centrarse, crear y potenciar la innovación. Puede que de esta forma , no se sientan tan obligados a aprender y decidan hacerlo porque descubren que saber más les hace más libres.

Lo bueno no está de moda

Decía Séneca, hace veinte siglos, que gran parte de la bondad consiste en querer ser bueno. La frase huele a cierto hollín, como el catecismo de la infancia o los consejos maternos que sonaban tan vacíos como los bolsillos del niño que los escuchaba, pero creo que este tema hoy merece cierta reflexión.

Si nos paramos a pensar en lo que está ocurriendo desde el ángulo laboral, descubrimos que tenemos cuatro generaciones trabajando con visiones muy distintas de los valores vitales, y que se enfrentan a un futuro ambiguo que no pueden cambiar. Le estamos pidiendo a la gente que gaste una parte de su vida trabajando, a cambio de un salario, pero nadie puede garantizar los planes de la empresa en el futuro, porque no depende ni siquiera de ella misma.

¿O es que alguien es capaz de predecir lo que va a pasar en los próximos cinco años? Sabemos que hay mercados emergentes en Asia, que los chinos y los indios –casi la mitad del planeta– quieren dar de comer a su gente y crecer porque ahora tienen la oportunidad, mientras en Occidente, sentados en el sofá de casa y con una renta diez veces superior, les estamos machacando con la contaminación. Es como decirle a un vagabundo que no coma un bocata de jamón porque tendrá colesterol, por favor.

En las empresas ocurren cosas similares. Cuando compro algo, yo no sé si la empresa que lo produce tiene valores, y dudo que nadie cambie la tienda que tiene al lado de su casa porque a unos minutos haya una tienda ecológica. Todo eso, y más cosas, me hacen pensar que en el mundo actual ser bueno y pensar en los demás no es rentable, y eso debería preocuparnos. La generación de veteranos a la que pertenezco aprendió a trabajar creyendo que lo bueno era más caro porque era mejor; teníamos un jefe del que aprender porque trabajaba más y se atrevía a decidir; buscábamos ser un ejemplo para nuestros hijos obviando escaquearnos de cualquier compromiso hacia ellos, incluso la televisión –algo plasta en la época–, con sólo dos canales, nos regalaba ídolos de verdad.

En la actualidad, los veteranos –salvo excepciones– están pendientes de la prejubilación y se resisten a aprender nada , más allá del outlook e Internet; casi nadie quiere enseñar su “maestria” –tampoco hay aprendices– y además venden “masters”; los precios dependen de la marca y no de la calidad; muchos padres “compran” a sus hijos con más cosas de las que necesitan; todos tienen máquinas de juego que piensan por ellos, creen comunicarse con móviles y la tele vomita basura y falsos ídolos que debe renovar porque no tienen nada que explicar. 

Quiero confiar en la última generación que está llegando al mundo laboral y también trato de transmitirlo a mis alumnos universitarios. Esta generación “Y” o nintendos, algo más solidarios, empiezan a preocuparse porque lo tienen todo, se plantean que ganar dinero no sirve de mucho sino puedes disfrutarlo, incluso están dispuestos a sacrificar sueldo a cambio de tiempo. Pues bien, quiero creer que estos jóvenes –que además deberán pagarnos la pensión–, tendrán el tiempo para pensar que este mundo sin comunicación, sin tolerancia y viviendo de espaldas al 80% de la humanidad que lo está pasando mal, nos está indicando que debemos cambiar alguna cosa.

Si me chillas me estresas

Los humanos somos una especie rara y curiosa, gritamos para liberar el estrés y, al mismo tiempo, nos estresamos si alguien nos chilla, anhelamos la paz y el silencio, aunque vivimos obnubilados por un mundo ruidoso en el que triunfa la música estruendosa, los escapes libres de las pequeñas motos y las voces agobiantes de nuestros políticos.

Sin duda, nuestro cuerpo está mucho mejor preparado para resistir el ruido que sus consecuencias. También algo de estrés es necesario porque representa un recurso humano para sobrevivivir y ayudarnos a mejorar el rendimiento.

No obstante, tenemos la creencia de que el trabajo genera estrés en las personas, y daña la salud. Ello no es nuevo y tiene su fundamento en los cambios que se han producido en nuestra sociedad en el último siglo.

Es posible que internet sea “culpable” porque ha demostrado que el mundo es redondo –en realidad no lo sabíamos a pesar de Galileo- pues creíamos vivir en una especie de puzzle con fronteras que separaban continentes, bloques y mentalidades; la vieja Europa cuna del conocimiento, los Americanos innovadores y referente económico, Africanos y Oriente formaban el tercer mundo, hasta pensábamos en los japoneses como la guinda de la constancia y el oportunismo. Pero con la globalización ha crecido la competitividad, hoy los dueños de la comunicación son los blogs, youtube, google, etc. Todo el mundo tiene Pc y móvil y los “modernos” vivimos deprisa y estresados y no sabemos como afrontar la presión o la demanda excesiva.

Como en todo problema, existen unas causas y para abordarlas debemos cuanto menos identificarlas. Éstos son los 7 pecados del estrés laboral:

  1. Mal diseño orgánico de la empresa, tareas excesivamente pesadas o rutinarias, descansos infrecuentes, frenetismo.
  2. Mala comunicación interpersonal, ambientes contaminantes, falta de apoyo entre compañeros y supervisores.
  3. Funciones laborales y expectativas mal definidas, objetivos imposibles, exceso de responsabilidad, pluralidad de funciones.
  4. Preocupaciones de desarrollo personal, inseguridad, poca definición de posibilidades de desarrollo profesional.
  5. Condiciones ambientales deficientes, desagradables o peligrosas, exceso de ruidos, contaminación ambiental, problemas ergonómicos.
  6. Mala dirección, poca transparencia, ausencia de comunicación.
  7. Valores de la empresa indefinidos, falta de reconocimiento y poca conciliación.

Todo ello provoca en la persona diferentes trastornos físicos y psicológicos, y naturalmente el cuerpo se rebela, porque ante una situación estresante se produce una demanda extra, como un “bonus” energético que permita la función correcta de corazón y pulmones, las glándulas suprarenales liberan cortisol a partir de las señales que envía la hormona de la glándula pituitaria (ACTH). El cortisol es un aliado del cerebro porque le proveerá de glucosa, no obstante, un nivel excesivo de cortisol puede dañar el funcionamiento de las neuronas y la memoria y, según el Sr.Jorge Letayf (México) experto en alzheimer, al pasar de azúcar a energía dentro de la mitocondria produce radicales libres que atacan el DNA mitocondrial.

Es curioso observar como los niños muy cansados no pueden dormirse, ya que producen un exceso de cortisol, por ello el estrés afecta a nuestra forma de vivir. El Dr. Barry Bittman (Pennsilvania) propone un cóctel para reducir el exceso de cortisol, combinar ejercicio, música y buen rollo porque todo ello estimula el sistema inmune.

Como conclusión, propongo aprender a desarrollar relaciones mucho más fáciles y accesibles, cambiar los gritos por respeto, asertividad y comunicación, integrar el trabajo en nuestro proyecto de vida, convirtiendo así nuestra existencia en una verdadera experiencia para disfrutarla.

Porque ellas dirigen mejor

La asociación entre la mujer y el trabajo viene de largo. A lo mejor empezó en el momento en que la humanidad descubriera que el hecho de salir de una costilla no creaba mayor dependencia que liberar el corazón cuando se abraza a alguien y que en adelante lo masculino y femenino se complementaría para garantizar la sostenibilidad de la raza humana.

Sin duda, podríamos vivir con una costilla de menos pero dudo que consiguiéramos sobrevivir sin comer. Puede que se le escape a algún lector pero las mujeres trabajadoras rurales son responsables de la producción mundial de alimentos.

Ellas producen casi un 80% de los alimentos en la mayoría de países del tercer mundo, estos son datos de la FAO y convendría recordarlos de cuando en cuando pero de forma especial cuando se subvalora la productividad  femenina. Y si hablamos de salarios, mejor sonrojarse, pues a pesar del Convenio nº 100 de la OIT, lo cierto es que tanto en el tercer mundo como en el nuestro, la renumeración económica de la mujer sigue siendo  más baja que la del género masculino.

Empezar este artículo hablando de una clara marginación del trabajo femenino es una forma de entrar de lleno, en algo tan decisivo como el papel que jugará el liderazgo femenino en los próximos años y que supondrá para una gran parte de mujeres directivas llevar el peso de la sobrevivencia de nuestro sistema económico, aquí y probablemente en de la mayor parte del mundo.

Es imposible adivinar hasta que punto las mujeres sabrán hacerlo mejor que nosotros pero, de lo que no cabe duda, es que no lo van a hacer peor y, con ello, no pretendo vocear  los temas sabidos del calentamiento global, la masificación de C02 y todo el discurso en defensa de la naturaleza que ya conocemos sobradamente por Al Gore, un perdedor que tiene más credibilidad que su oponente, en fin, no quiero  pecar de retórico pero lo cierto es que estamos viviendo al borde de un precipicio.

Claro que todo eso son datos que olvidamos rápidamente cuando nos subimos en un 4×4 para circular por nuestra ciudad, quemando combustibles fósiles que compramos a precio de oro o cuando pagamos abogados para divorciarnos o invertimos fortunas para que nos digan lo que ya sabemos y gastamos miles de medicinas para curarnos de enfermedades, que en su mayoría nos autoprovocados. Claro que todo eso, y el consumo innecesario, hacen subir nuestro PIB  y hasta parece que vamos bien, aunque seamos incapaces de añadir un solo segundo a nuestra vida y con tanto crecimiento somos incapaces de dar de comer al 80% de la humanidad.

El liderazgo se siente

Pero eso es otro tema y no voy a cuestionar el sistema, sino simplemente presentar con la mayor humildad un nuevo modelo de liderazgo en femenino, que  permita relevar el actual -básicamente masculino- porque necesita renovarse, cambiar y mejorar en principio, porque ya toca hacerlo y también porque existe una absoluta congruencia con ciertas características y aptitudes que son más cercanas al género femenino y que se hacen indispensables en una economía tecnológica, global y relacional, coincidencia con la irrupción decisiva de los últimos veinte años del  rol femenino en el mundo laboral.

Existe una realidad y es que el liderazgo vital de alguna forma siempre estuvo repartido. Los roles masculino y femenino se han complementado con más o menos fortuna para llegar hasta nuestros días. Por una parte, la procreación, la administración de la familia, la educación de los hijos, las relaciones sociales, etc., que son más femeninas, han completado el trabajo externo,  la provisión de recursos, la seguridad, el pragmatismo y otras competencias que son claramente masculinas.

Hasta ahora parece que existe un cierto equilibrio entre los papeles femenino y masculino para que todo más o menos se mantenga  en armonía. Claro está que el precio de esta armonía a veces es muy alto, especialmente cuando se limitan derechos, se fundamenta en la violencia  o se rozan situaciones de esclavitud. Pero todo eso no se corresponde con el propósito de este artículo, que no es otro que provocar la reflexión sobre el liderazgo en general y analizar como podría repercutir en el mundo empresarial el liderazgo decidido de la mujer en un momento tan trascendente como el que vivimos al albor del siglo XXI.

LIDER  Pensar –Hacer –Sentir coherencia coherencia

Quiero evitar caer en los tópicos conceptuales tan en boga en manos de consultores, oradores y gurús y, para ello, tengo una definición muy simple del liderazgo, que sería algo así: “ser líder consiste en lograr que otros hagan cosas, por tanto y para ello, necesitamos influir y motivar a los demás para conseguir determinados fines”.

Si a usted le vale a mi también. Y partiendo de esta definición, parece que se hace difícil  pretender motivar a otros sin estarlo individualmente. En consecuencia diría que una cualidad básica de un líder es que sea capaz de conocerse lo suficiente para motivarse a sí mismo y de paso inspirar a los demás, aunque sea por simple mimetismo.

Pero hay más, se supone que el líder es capaz de organizar recursos y descubrir lo que cada uno sabe hacer mejor. Con ello llegamos a una primera conclusión, existe una componente racional para proveer y otra emocional para convencer.

Podríamos buscar muchas cualidades afines a un líder, pero por exclusión me quedo con las siguientes: dedicación, carisma, ambición, energía, ganas, honestidad e integridad. El liderazgo es, por tanto, una acción que abarca sentimientos, actitudes, intereses y valores, todo ello ligado a las personas, ya que no hay líder sin que exista un grupo humano que les siga.

Leí en algún sitio hace muchos años, que el líder es como el chófer del bus, sabe a donde va, busca un buen clima de convivencia y lleva a la gente sana y salva hasta su destino. Por tanto, contribuye a que cada uno consiga lo que realmente desea individualmente.

Hasta aquí nada de lo dicho separa el mundo masculino y femenino, puesto que el talento necesario y las competencias no dependen del género, porque todas están contenidas en cada uno de nosotros y en nuestra mente.

En las funciones del líder  me gusta distinguir dos tipos de funciones:

  • La funciones propiamente Directivas-Funcionales.
  • Las funciones  Personales-Apoyo.

Entiendo como Directivas las que corresponden a la definición, control y supervisión de objetivos, así como las funciones de carácter organizativo-estructural. Y las Personales como las de tipo relacional, comunicación, reconocimiento, motivación y otras derivadas. En realidad deben ejercitarse conjuntamente, de forma que la persona dirigida asuma su cuota de responsabilidad con independencia del  líder. Esto es lo que persigue el modelo de la Dirección por Objetivos que sería la ideal para la mayoría de directores.

Se evidencia claramente que el auténtico líder, además de realizar su función Directiva y Personal, con su correspondiente cuota emocional, actúa como un auténtico coach, creando el efecto espejo. Por tanto, sabe preguntar -escuchar y es un facilitador para el desarrollo de cada uno de los miembros del equipo.

Dentro de cada líder existe una persona y, como tal, posee una parte racional y una componente emocional desarrolladas principalmente a través de la comunicación, que junto con el lenguaje se convierten en los elementos decisivos para la plena ejecución de la función de líder. Por ello vale la pena conocer como gestionamos en nuestro cuerpo ambas partes para conseguir resultados en relación con los demás.

Todo está en el cerebro

El cerebro sigue suponiendo un reto para todos los que lo estudian, porque viene sin un manual de instrucciones y es tan complejo como cada uno de nosotros. No obstante, es sabido que consta de dos hemisferios derecho e izquierdo y que funcionan conjuntamente.
Se supone que la parte izquierda es la responsable de nuestro funcionamiento lógico, detallista, racional, prudente y evaluador; mientras que nuestro hemisferio derecho es creativo, intuitivo, emocional. No obstante, para desarrollar nuestra inteligencia necesitamos ambas partes.

También la evolución humana ha determinado ciertas diferencias entre el cerebro masculino y femenino. Según el Prof. José Rubia (UCM), el cerebro determina el desarrollo de las habilidades y comportamientos propios de cada sexo y las divergencias se producen en relación a las funciones que realiza cada uno de los hemisferios.

Una de sus primeras conclusiones es que los hombres muestran mayor desarrollo de su hemisferio derecho, lo que les hará más aptos para actividades como conducir, jugar ajedrez y otros temas visuoespaciales; mientras que las mujeres ya de niñas desarrollan lo contrario y acostumbran a manejar mejor el lenguaje, la relación con los demás etc.

Por consiguiente la parte derecha emocional realiza el procesamiento simultáneo, la atención difusa y la manifiesta corporalmente a través de la expresión de la cara, los matices vocales, sensaciones corporales, emociones, afecto, desprecio, etc. y le cuesta más expresarlo con palabras porque de ello se ocupa el hemisferio izquierdo. Por tanto, cada cerebro dirige el proceso para interpretar la realidad y podemos ver cómo mínimo dos enfoques distintos representados por cada hemisferio.

Aunque parte de la ciencia, la educación, la sociología o, incluso, la psicología no coincida siempre con esta apreciación y a menudo se reserve más atención al hemisferio izquierdo por ser más concluyente y predecible, la realidad es que funcionan simultáneamente y se necesitan. De hecho, cuando se produce la integración, se inicia el proceso en el que pasamos de la polaridad a la unidad de conciencia.

Si nos creemos la teoría de que somos lo que hacemos, aceptemos que el hábito ancestral ha creado diferencias biológicas y psíquicas entre ambos géneros. Así pues, y desde la prehistoria,  las mujeres han desempeñado siempre un papel importante en la transmisión de la cultura y el lenguaje y probablemente esto las ha convertido en facilitadoras de la comunicación.
Si me baso en mi experiencia de más de cuatro décadas trabajando con hombres y mujeres en distintos ámbitos empresariales y adiciono mi experiencia docente de los últimos cinco años con más de 3.000 alumnos -con mayoría de mujeres- puedo asegurar  que las mujeres son más intuitivas, lo que facilita la empatía, se comunican mejor y, por tanto, se relacionan mejor que los hombres y sus promedios de evaluación, al menos en la universidad, son en general superiores.

Asumo mi responsabilidad por esta afirmación y hasta me atrevería a formular esta pregunta  ¿Saben más porque se relacionan mejor? O bien ¿se relacionan mejor porque saben más?

¿Se dirige emocionalmente?

La respuesta, si la hubiera, sin duda desvanecería muchas dudas en los procesos de selección y muchos directores de RRHH se frotarían la manos, pero prefiero dejarlo así. Lo que es evidente es que, tal y como anticipara el padre de los gurús Peter Drucker hace 50 años, las organizaciones son personas que piensan, hacen y se desarrollan en función de ellas. Por tanto, se ha evidenciado que en un mundo cada vez más incierto, competitivo y siendo el talento un bien escaso, vale la pena cuidarlo, y eso requiere dedicación, sensibilidad, reconocimiento, empatía; o sea escuchar mucho y sintiendo lo que ocurre, todo eso se llama comunicación.

El redescubrimiento de la inteligencia emocional (IE), tan antigua como lo humano y que define el conocimiento y gestión de las emociones propias y ajenas, se proclama como la mayor competencia posible, por encima de otras formas de inteligencia. Una buena IE, unida a la definición de los talentos como aquellas capacidades individuales que no entienden de razas, sexos, ni edades, susceptibles de desarrollarse y generadores de sinergias y que consisten simplemente en poner valor a lo que se hace, facilitará que exista el “buen rollo” necesario y el entorno que sólo favorece la buena comunicación.

Y todo ello en congruencia con una nueva forma de trabajar, mucho más basada en la productividad que en la presencia, necesitada de conciliación familiar, flexibilidad y volcada totalmente al cliente como eje de la sostenibilidad del negocio, definiendo unas competencias  de liderazgo tan necesarias como las propiamente directivas.

La ética, como valor único

Si por último hablamos de valores o de la necesidad de una dirección ética basada en compartir el éxito del equipo, alejada de los egos individuales y contrastada con resultados. Hay que asumir que de tanto hablar de cultura corporativa o de valores se ha agotado el discurso y no hay mayor credibilidad que el beneficio a corto plazo.

Deberíamos analizar los fracasos empresariales de grandes empresas, cuyas marcas desaparecieron en los últimos 25 años. Todo eso da que pensar y la extremada competitividad  indica que las posibilidades de mantenerse en el mercado son cada vez más difíciles y más lo serán sino existe cierto compromiso y humanidad detrás de las actuaciones empresariales.

Ni siquiera hemos sido capaces de crear modelos de cultura y valores más allá de la monopolización del marketing como unidad de crecimiento, la televisión como referente de cultura y el gregarismo consumista como signo de liberación. Todo ello, evidencia que tenemos un modelo de liderazgo que, sin llegar a ser tóxico, como mínimo deja mucho que desear o está agotado. Por ello, no es de extrañar que hay llegado el momento en que la mujer  adquiera de forma decidida un protagonismo en los puestos de alta responsabilidad en las empresas, aportando sus capacidades excepcionales para intuir lo que no vemos escuchar y sentir e influyendo desde el principio en la toma de decisiones para que todo funcione algo mejor.

No es casualidad que por el momento se esté notando una entrada femenina importante en recursos humanos, permitiendo -como mínimo- trascender las funciones clásicas funcionales, y que empezó con el cambio del concepto recurso por el de persona. Parece que, como acostumbra a pasar siempre, la escasez de un recurso llamado talento, ha abierto los ojos a los empresarios y les ha llevado a pensar que la gente, como los cerebros, van donde se sienten más valorados y que las “emociones” en masculino no significan debilidad sino más bien fortaleza.

En parte, gracias a esta aportación femenina, muchas empresas ya han empezado a hablar con su gente y también a escucharles, muy pronto también se preocuparán de que se sientan mejor, buscarán fórmulas de conciliación en base a una mayor dirección por objetivos, puesto que es evidente que al final los números de la productividad deben salir.

También las nuevas líderes se aplicarán en traspasar el famoso techo de cristal sin cortarse pero con responsabilidad, conscientes que el coste de la promoción debe pagarse a medias con la pareja y buscarán una organización distinta de horarios que evite el chantaje emocional de la familia, tendrán  la libertad de armonizar la vida individual, teniendo siempre en cuenta que el crecimiento también tiene un precio. Para disfrutar también se sufre pues duele hasta cuando te salen los dientes, y sabrán que conseguir a menudo supone renunciar, porque tener simplemente a buenas personas sin método puede ser tan inútil como una cubitera en el polo.

Como conclusiones, diría que hoy se dirige de una forma más emocional, que la aportación de valor y el talento dependen de una actitud, que las emociones alimentan las actitudes, que  las personas con mayor inteligencia emocional llegan más y mejor, y que las mujeres que utilicen estás capacidades serán las líderes del futuro. Y puesto que el éxito sólo depende de la percepción de los demás, les aseguro que tengo reservado un asiento de primera fila en el escenario empresarial para comprobar en otras empresas y de la misma forma que lo vivo en  mi empresa -con un 80% de mujeres-  que  nada engancha más que un buen clima laboral y un buen jefe, si es femenino mejor.

¿Dónde está la democracia?

Si alguna vez te paseas por la Acrópolis de Atenas, acuérdate que allí mismo, hace veinticinco siglos, se incubó una nueva forma de vivir y entenderse y que se bautizó como democracia, aunque de aquel modelo proactivo, abierto y relativamente participativo –mujeres y esclavos no contaban- que desarrollaron Pericles (444 A.C) y otras personas ya con una cierta edad, sólo queda el nombre y la aspiración.

Es curioso como a todo el mundo, especialmente político, se le llena la boca con está mágica palabra, incluso a los propios dictadores. Recuerdo una frase de viva voz que escuché en mis años de marketing político (1978-79) a un mandatario hispano “no se de que se quejan, si hasta les dejamos votar” muy bueno el tema, tanto que las empresas lo han hecho suyo, sin llegar a entenderlo.

Parece que como estado nos toque este sistema político, tan mono y que sienta tan bien, llamado democracia, pero sabemos que esto no es así, mientras los griegos crearon toda su filosofía, arquitectura e incluso su espiritualidad a través de la humanización, nosotros vivimos manipulados por los políticos, estamos gobernados por la tele, nuestros líderes nos hablan sin estar presentes y les votamos una vez cada cuatro años.

En las empresas aún es más evidente, porque en lo económico sólo vale la eficiencia y la rentabilidad y si funcionamos es porque la mayor parte de los que trabajan admiten que no son iguales, que hay un grupo reducido que se ocupa de liderar, que al final la auténtica dictadura la impone el mercado y su juez y verdugo es una ciencia tan maravillosa como perversa denominada marketing.

Nuestros dioses actuales -porque hay más de uno- siguen siendo humanos, viven en palacios que nos enseña el Hola, han cambiado los carros alados por jets, sus tronos son de Marcel Breuer o de Luis XVI, se comunican domóticamente y en un prodigio de alquimia no muestran su oro, ya transformado en números y papeles con dibujitos al que llaman “dinero, pasta o tela”, aunque su universo sigue siendo tan virtual como lo era la mitología griega.

Una empresa no puede ser democrática porque unos saben lo que se debe hacer y otros lo hacen, algunos aportan valores añadidos y otros no, hay quien suspira por conciliar y otros viven por y para el trabajo, una parte se compromete y otros simplemente están allí, unos ponen las manos y otros el talento, hay quien cambia tiempo por salario y otros buscan un buen ebitda para tener éxito y ser promocionados y al final ganan los buenos, o sea los capitalistas.

Esta es la lección que nos queda de la democracia. He oído por ahí que en el siglo XVIII habíamos abolido la esclavitud y eso nos hacía mejores que nuestros antepasados griegos, pues que bien ¿no?, porque la gente que viene hacinada en pateras para trabajar en lo que aquí nadie quiere, cuando conviven 4 familias en un piso de 60 metros o no se paga un salario suficiente para vivir, cuando eres registrado en los aeropuertos  como un delicuente, o te condenan a perder horas en colas interminables para moverte, etc., pues menos mal que a  todo eso no le llamamos esclavitud.

Yo supongo que la auténtica libertad debe ser que alguien te ayude a elegir que ropa ponerte, que móvil comprar, dónde irte de vacaciones e incluso cuando toca hacerle el amor a la pareja, lástima que para conseguir esta ayuda te roben horas de sueño porque la publicidad ocupa una tercera parte de tu programa, las promociones sólo son el gancho del principiante, los viajes no garantizan horarios o buen trato y lo del amor depende de como hayas sobrevivido al estrés después de que te hayan bombardeado todo el día con tresmilanuncios, los libros de autoayuda y aguantar un jefe tóxico.

Pues bueno, si eso es la democracia, yo no se la vendo, prefiero regalársela.

Negociar con éxito

Hay una frase de Brancusi, que me gusta mucho porque es de éstas que ayudan a vivir “Crea como un dios, ordena como un rey, trabaja como un burro? Ya sé que lo último nos gusta menos, pero es optativa, si quieres aprender debes practicar, no hay más. 

La vida no es otra cosa que un proceso de negociación permanente que nos acompaña desde que solicitamos la primera dosis de leche materna hasta que nos aferramos a la vida hasta el final, ya que en realidad, a nadie nos gusta morirnos. 

Todos los expertos están de acuerdo en que es más importante el proceso que el resultado. Este proceso, inevitablemente, decidirá el resultado final de la negociación en la que todos aspiramos a obtener lo máximo posible. 

No obstante, la negociación se ejecuta entre personas y siempre está rodeada de obstáculos que debemos superar con las habilidades que poseemos, algunas personales y otras interpersonales. En eso la inteligencia emocional puede ayudarnos mucho, solo hay que buscar en nuestra creatividad, practicar la escucha activa, usar la empatía, ser asertivos y sobre todo comunicarse sin perder la razón.

La negociación, como dice el profesor de Harvard, William Ury, es un proceso de comunicación con el que se busca respaldar el propósito de obtener una decisión conjunta. Pero comunicarse no es fácil en ningún ámbito de la vida, porque una cosa es lo que se quiere decir y otra muy distinta, como se recibe por el receptor. Desde pequeños provocamos malos entendidos, incluso con las personas más cercanas, por tanto existen más posibilidades que estas diferencias de percepción se produzcan entre personas con las que no tenemos casi relación. Por todo ello, la comunicación, el entendimiento y el proceso de negociación será más sencillo cuantas menos personas participen en ellos.

Esto nos lleva a plantearnos que, ya que tenemos que negociar, vamos a realizar el proceso con la actitud más positiva de la que seamos capaces ¿Cómo podemos conseguir la mayor influencia usando una actitud eminentemente positiva? Pues con las ideas muy claras, un método y buena comunicación, aplicando la escucha activa o empática y el comportamiento asertivo. 

Casi el 60% del lenguaje con el que tratamos de comunicarnos es no verbal, por tanto la forma en que nos movemos y actuamos dice mucho de nuestras intenciones. Sin duda, hay que procurar que nuestros gestos acompañen las palabras y los actos.

Por descontado, la mirada tiene una importancia vital porque expresa nuestros sentimientos, en este punto es aconsejable mantenerla de tres a cinco segundos tras una frase que consideremos clave y ello nos ayudará a que la idea se asiente en la mente de nuestro interlocutor. 

En cuanto a la voz, es importante usar un tono que transmita seguridad. Para ello hay que vocalizar y proyectar la voz entonando y si es posible conectando con el receptor, adaptarse a la forma de hablar del otro, permite atender y escuchar mejor.

Por otra parte está la escucha activa o empática. Normalmente todos escuchamos de forma selectiva por lo que es necesario que aumentemos nuestras facultades de escucha activa, por ejemplo, dejando hablar, no interrumpiendo, sin criticar y, en lo posible, intentando comprender la vivencia del otro, eso permite entender mejor. 

En una negociación es importante tomar notas y seguir un proceso, de forma que se vayan aclarando y también cerrando aquellos puntos en los que hay acuerdo. 

Una negociación es un proceso con un fin y un final, con objetivos claros que como en un largo camino nos llevarán hasta el resultado deseable. Es importante preguntar mucho, no dejar cabos sueltos y resumir. Hay que ser asertivo, decir las palabras adecuadas para defender una postura aunque sea contraria pero manteniendo el buen clima, solo depende del respeto mutuo, los que no piensan como nosotros también tienen derechos.

Se piensa que los asertivos acostumbran a ser sinceros y honestos, siempre debe lanzarse la crítica a los problemas y nunca a las personas, no hay culpas y ante un obstáculo se buscan alternativas, por ello  ganan los creativos. 

Así pues, si entablamos un proceso negociador con una actitud positiva y usamos estos consejos, tendremos más posibilidades de conseguir unos resultados óptimos en cualquier negociación. Hagamos de este positivismo nuestra bandera en cualquier comunicación con talento.

Un Kubala en cada empresa

Siempre se han buscando similitudes entre el mundo del deporte y el de la empresa, pues ambos tienen como señuelo la competitividad y las personas, aunque por suerte o desgracia, el deporte se ha mercantilizado tanto o más que el mundo empresarial. 

En el fondo, todos necesitamos nuestros mitos y tratamos de imitar modelos, ya sea para aprender o para fabular. En mi deporte favorito mi ídolo sigue siendo Kubala. Nadie amaba tanto su trabajo como jugador de fútbol, que siguió practicando después de los 70 años. Para mi, Kubala sintetizaba lo mejor como profesional, ser humano y, especialmente, como referente de valores. Porque después de todo, lo que tiene sentido de verdad es el talante de una persona. 

No dejo de admirar a algunos fenómenos actuales como Woods, Schumacher, Rossi, Bryant, Federer, Ronaldhino, Raúl o Gasol. Nadie pone en duda su talento o, incluso, su compromiso pero desconozco si tienen más cerca del corazón su cartera o sus valores.

Nuestra sociedad consumista de todo y de todos está devorando el deporte convirtiéndolo en un fastfood rendido a los intereses del marketing, hasta el punto que acaban eligiendo el cepillo de dientes de la estrella y mediatizan hasta su libertad.

Kubala, al que tuve la suerte de conocer en su madurez y admirar desde los 10 años en que debía ganarme un sorteo en mi clase del internado salesiano barcelonés para verle jugar, siempre ocupó la mayor parte de mis sueños y nostalgias. Aunque nunca traté de emularle, pues mi técnica balompédica está muy lejos de los mínimos exigibles para jugar decentemente, yo admiraba su presencia majestuosa, su humildad al acariciar la pelota, su condición física y su ceño fruncido que lejos de la severidad aparente, en realidad, formaba parte de su concentración natural.

Creo que para amar un trabajo, sea que el que sea, se debe Querer, hay que Saber y tener el Poder necesario para hacerlo bien. Esto para mi define el profesional perfecto.

Para querer, hay que amar lo que se hace, pocos futbolistas amaban tanto la profesión como él ¿Cuánta gente ama su trabajo y le gusta? Pocos por desgracia y eso lo acaban pagando las empresas, en forma de servicios mal realizados.

Aquellos que no saben, poco pueden enseñar. Él tenía un talento natural que le permitía entender el juego antes que los demás, no se limitaba a hacer bien lo que sabía hacer sino que, además, se ocupaba de que todos mejoraran su técnica, mucha gente cree que la mera posesión de un título, o quizás de algún master, le acredita determinado conocimiento, pero sin experiencia no sirve de casi nada, por eso él practicaba siempre.

Y por último la fuerza, la condición física natural y la firmeza en las actitudes. Kubala estaba dotado de un cuerpo portentoso que cuidaba y tenía una mirada inteligente que le permitía ver un poco más allá que los demás, por eso le respetaban y admiraban sus rivales.

Con estas competencias tenía la confianza de colocar la pelota donde quería y decidía siempre, jugaba para los demás, se divertía y fomentaba la diversión, asumía compromisos y obtenía resultados ¿A quién no le gustaría tener a alguien así en la empresa?

Marcar goles en la empresa

En los negocios como en el fútbol lo importante es competir, y en ambos casos hay estrategia, métodos y personas, igual que en la empresa. El trabajo de campo lo ejecutan personas y cada uno tiene su papel. 

¿Qué es un gerente sino un capitán del equipo que con su personalidad da brillo al conjunto y da la cara por los demás? ¿Y qué haríamos sin los repartidores de juego, que no son otros que los mandos intermedios, que pasan la pelota en forma de oportunidades porque descubren la posición de ventaja de sus compañeros? Tenemos a los rematadores, que son los comerciales que se enfrentan al cliente y con sus argumentos marcan “éxitos” en interés del conjunto. Y por último están los peones, cuyo trabajo sirve para ser aprovechado por los otros. 

Sea fútbol o empresa, detrás existe la misma parafernalia, técnicos y utilleros, que serían los RRHH, ocupados en proveer sustitutos y mantenerlos en forma, y están los financieros que se ocupan de equilibrar presupuestos. Los de la publicidad y merchandising, que buscan la difusión de la imagen mediática. Y al final, el producto que nunca puede fallar y que son los jugadores, que deben preocuparse para que salgan los resultados, que hacen sostenible el proyecto.

Los mismo que en el mundo empresarial, en el fútbol una mala planificación lleva al fracaso del proyecto y casi siempre el resultado final depende de hacer bien todo lo demás, aunque unos jueguen en primera división y otros en regional, el éxito depende del conjunto.

Muchas empresas caen en la vanidad del dinero, como algunos clubes de fútbol, que creen que todo es “comprable” a base de talonario, se abusa del headhunting, se invierte en  productos (jugadores) que después no encajan con el grupo y se pierde de vista que fútbol y empresa tienen en común que en ambos casos se trata de jugar en equipo.

Un buen líder puede hacer equipo si sabe obtener lo mejor de cada uno y crear un clima de compromiso entre todos, y un mal dirigente cree que con la única ventaja del talento comprado a subasta puede conseguir éxitos, porque tiene una clientela de abonados.

Pero a menudo se ignora que el sentido de la vida es que nada es predecible. Hay empresas que tienen todo para triunfar (posición, dinero, producto, futuro, …) y no lo hacen porque están mal dirigidas, y eso ocurre simplemente porque olvidamos que en el mundo de las empresas, igual que en el fútbol, al final todo se reduce a un juego de personas, y claro, resulta que somos emocionales, vulnerables, nada predecibles y con frecuencia contradictorias, nada que ver con los robots.

Por eso, si al final quieres ganar un partido o apuntarte un buen “ebidta” en tu cuenta de resultados, debes tratar de hacerlo todo bien, contar con una buena estrategia, tener una metodología de trabajo eficiente y asegurarte que las personas están contigo, y lo estarán si creen en sus jefes, tienen un buen clima y se sienten reconocidos más allá del dinero. Mi consejo es que bajes a menudo al vestuario y descubrirás si están felices, no hace falta que lo preguntes, si los conoces sólo mirándoles a los ojos … lo descubrirás.